A lo largo de su prolongada existencia, el cirujano Henry Steven Hartmann no desarrolló ninguna práctica quirúrgica revolucionaria ni diseñó ningún instrumental innovador; no hizo, en fin, ningún descubrimiento digno de mención. Y, sin embargo, aun sin acceder a la gloria científica reservada a algunos de sus héroes de juventud, la vida de este médico descendiente de alemanes emigrados a América constituyó una trayectoria única. Dotado de un espiritu emprendedor y una curiosidad inagotable, Hartmann viajaria durante toda su vida de una punta a otra del planeta tras la pista de los personajes clave que trabajaban alrededor de las mesas de operaciones de todo el mundo.El hijo de un operador ambulante de fístulas y hernias se convertia así, en testimonio excepcional de la revolución acaecida en el cmpo de la cirugia a lo largo del siglo XIX.
Jürgen Thorwald, nieto de Henry Steven Hartmann, parte de las memorias de su abuelo para narrar con estilo ameno el largo camino que, a partir del 16 de octubre de 1846 (fecha de la primera operación sin dolor bajo enestesia) llevará a la cirugia desde las tinieblas del dolor hasta la posibilidad de intervenir en un corazón vivo. Un camino que, en el texto de Thorwald, se despliega como una auténtica aventura del conocimiento frente a la ignorancia o los prejuicios.
Las lágrimas que resbalaron pos las mejillas del cirujano John Collins Warren el 16 de octubre de 1846 dificilmente podrian haber estado más justificadas: tras asistir a la primera operación bajo anestesia de la historia, el doctor no habia podido resistir la emoción al ver cómo la cirugia conseguia curar sin someter a sus pacientes a un suplicio insoportable. Ése fue el primer hito de un siglo de avances sin parangón en la lucha de la medicina contra el dolor, el siglo de los cirujanos.
